El Contrato Social de Jean Jaques Rousseau

El siglo XVIII, llamado “Siglo de las Luces” o el siglo de la Ilustración. Se caracteriza por la complejidad de realizar una definición sintética y de carácter no excluyente sobre lo que significó y que es exactamente la Ilustración en el mundo moderno. Ya que en base a la multitud de variantes y formas de entendimiento y producción del pensamiento que se pueden apreciar dependiendo del ámbito geográfico que sea objeto del estudio, la misma Ilustración se caracterizaba por diferentes aspectos. Así mismo, dentro de un mismo ámbito geográfico es perfectamente posible encontrar ideas contrapuestas y variaciones relevantes.

La figura sobre la que nos vamos a centrar, tuvo una vida complicada, con multitud de altibajos a lo largo de las diferentes etapas en las que se movió. Nació, como el mismo dice, ciudadano del estado libre de Ginebra, en 1712. De familia de clase media, su padre era pluriempleado, pero su oficio principal de relojero.

La vida de Rousseau está fuertemente marcada por la ausencia de la figura materna, ya que murió al poco de nacer él. Se dedica a estudiar en profundidad los grandes clásicos filosóficos, lo que le proporciona una formación rica en filosofía y política, que a la postre, colaborará en su posterior desarrollo personal y humanístico. A causa de un duelo, el padre de Rousseau tiene que huir y abandonarle, y desde ese momento se queda solo y comenzara a vagar por diferentes instituciones religiosas, tanto protestantes como católicas, llegando incluso a ingresar en un seminario, donde escapará al poco tiempo. (GINER, 2013, págs. 361-362).

El Discurso sobre las ciencias y las artes fue la obra que le catapultó a la fama, ya que fue galardonado en 1750 con el premio de la Academia de Dijon. A raíz de su pensamiento polémico y sumamente crítico, algo que le llevo a enfrentarse con numerosos ilustrados como Voltaire y Diderot, además de a amigos suyos, Rousseau comenzó a sentirse cada vez más abandonado, volviéndose alguien solitario, algo que repercutió de forma muy negativa en su persona y que le llevó a imaginarse perseguido, en una clara paranoia. Numerosas publicaciones suyas han tenido un gran recorrido, aparte del archiconocido Contrato Social, escribió Cartas escritas desde la montaña, Proyecto de Constitución para Córcega, El Emilio, o su obra teatral Narciso o el amante de sí mismo. Los últimos años de su vida, como apunta Iring Fetscher, transcurrieron como huésped, en algunas ocasiones molesto, en las posesiones de los nobles franceses. Murió en Paris en 1778 (VALLESPÍN, 1991, págs. 133-134).

En el Discurso sobre las desigualdades de los hombres, publicado en 1755, realiza un ataque contra la propiedad privada, junto con la articulación de la sociedad, que abandona el estado de naturaleza y crea artificialmente el estado social. En el fragmento que vamos a tratar, dedica la mayor parte del texto en atacar a los filósofos ilustrados, pese a que él mismo era uno de ellos, se consideraba lo opuesto, algo que le granjeó profundas enemistades. Los ataca indirectamente, pero se ve nítidamente que Hobbes y Locke, padres de teorías referentes al estado de naturaleza, aparecen en sus comentarios. Todo ello por el choque de ideas que supone la noción particular que tenía Rousseau sobre la sociedad y el estado de naturaleza.

El Contrato Social, desde su publicación en 1752, esta obra ha generado ríos de tinta, con mucha controversia y debate. Para Rousseau, el hombre está predestinado a llevar una vida solitaria, pero consciente de que en la mayoría de los casos es algo imposible, genera una forma de estado de sociedad sin que sea antinatura. Se encuentra encadenado por la propiedad, los vicios y la corrupción, se cree libre cuando en realidad es dependiente de todo cuanto le rodea, esto es lo que rompe el texto, se da libertad articulando un Estado, basado en el pacto social, en el contrato. Este estado debe producirse con la Voluntad General, algo que sucede cuando cada individuo se olvida de sí mismo y se identifica con la totalidad social de la que forma parte, cuando la sociedad es algo unitario.

Para Henry Hude, el Contrato Social es el acto por el cual todos nosotros renunciamos a la voluntad propia que obtenemos en la naturaleza, acto por el cual ponemos por encima de ella misma la Voluntad General, transformando así la dependencia respecto del otro a la dependencia respecto de sí (HUDE, 1982, pág. 215).  Jorge Vergara, haciéndose eco de las palabras del propio autor, arroja luz ante esta cuestión: “el pacto social en su esencia se reduce a los siguientes términos: cada uno de nosotros pone en común su persona y todo su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general; y nosotros recibimos corporativamente a cada miembro como parte indivisible e inalienable del todo” (ESTÉVEZ, 2012, pág. 41)

Para Rousseau, un gobierno que no se fundamenta en el Contrato, es decir, que no se rige por la Voluntad General, por muy bueno y justo que sea, será despótico y no será legitimo porque no obedecerá los mandatos del pueblo, que es quien conforma la Voluntad General, por lo que deducimos que la sociedad en sí misma es Voluntad General (HUDE, 1982, pág. 217). La dimensión del libro tiene una aplicación internacional, no excluyente, como bien indican los investigadores A. Bolívar y O. Cuellar, es de todos con todos e igual para todos, lo que excluye toda sumisión de miembros a un tercero y que la unión que proporciona el contrato es el criterio mediante el cual se mide la igualdad, libertad y soberanía de quienes lo pactan (BOLIVAR ESPINOZA & CUÉLLAR SAAVEDRA, 2008, pág. 3).

Llegados a este punto, es preciso aclarar uno de los conceptos más utilizados por Rousseau (el Contrato Social gira entorno a este) y que más debate han suscitado. A priori nos encontramos con una asociación que, aparte de hacer referencia a un conjunto de ciudadanos, a una patria, algo palpable, necesita una articulación que explica a lo largo del texto. La Voluntad General de Rousseau, ha sido acusada por numerosos autores de coartar las libertades individuales de los ciudadanos. Es la expresión más sencilla para confirmar que la política de Rousseau se alza como una voz que surge entre la masa racionalista del momento histórico-filosófico-político en el que se encontraba.  ¿Qué es exactamente la Voluntad General? ¿Quiénes la conforman? ¿A que hace referencia? ¿Cuál es su objetivo? ¿Qué ocurre con la voluntad individual? ¿Cómo se articula? ¿Hace referencia a un igualitarismo drástico? Todas estas preguntas, y muchas más, nacen de este concepto planteado por Rousseau.

La Voluntad General responde al deseo del pueblo de igualdad y autodeterminación, es decir, independencia a la hora de decidir su propio destino, o dicho de otra manera, es la forma en la que la soberanía deja de pertenecer a las elites políticas y pasa a manos del pueblo. Ya que el pueblo, la sociedad, busca el bien común, y de acuerdo con la teoría de Rousseau, este solo se consigue desprendiéndose de los deseos y derechos individuales que llevan a la corrupción y al mal. De esta manera la sociedad se articula (mediante el Contrato Social), en un todo unitario, un sujeto político del que emana el poder.

Todo ello incurre en la idea de que la elite política es mala, algo que critico abiertamente J.J.Rousseau y que le generó multitud de enemigos y de críticos, ya que en parte se oponía a Hobbes y Locke, con una teoría totalmente contraria. Es por esto que defiende que la Voluntad General es la única que puede conducir al Estado al bien común, defiende la igualdad general frente a los intereses particulares y es la única legitimada para la búsqueda del bien público, ya que ella es el público (ESTÉVEZ, 2012, pág. 43).  Para explicar la Voluntad General es necesario entenderla como una expresión del pueblo que parte de tomar en cuenta los intereses de todos los miembros, para referirse a ellos de manera general y no individual, y por tanto, adentrarse en la persecución del bien común de forma racional. (BOLIVAR ESPINOZA & CUÉLLAR SAAVEDRA, 2008, pág. 5).

Pero, como los individuos son libres, existe la posibilidad de que se desvíen de la doctrina general, por lo que Rousseau cree que cuando se dé ese caso, se verán obligados a adaptar su voluntad a la voluntad de la sociedad, es decir, a la ley general. Porque el significado de la ley radica en la divergencia de opiniones entre la Voluntad Individual y la Voluntad General ya que, si todos estuvieran de acuerdo en todo momento, las leyes carecerían de sentido, porque no existiría el mal. Y por otro lado, el valor de la educación se aprecia en la importancia que se le da al respeto de la ley, puesto que sin ella no habría ningún orden político, social y económico (FETSCHER, 1979, pág. 30). Pero uno del os problemas de Rousseau es que da por hecho que todos los ciudadanos tienen la misma opinión, y desde ese momento quedaría a la deriva el modelo de estado que propone, al dejar la voluntad de todos en la voluntad del primero que tome la palabra, siendo para nada realista

La obra de Rousseau no hay que tomarla como un modelo universal e inamovible, sino que es necesaria enmarcarla en el contexto donde se quiera aplicar, ya que de ella se pueden obtener métodos e ideas muy valiosos que, de ponerlos en marcha, contribuirían a hacer una sociedad mejor, relacionada directamente con el gobierno. El fin es buscar una cooperación entre la política y sociedad sin que ninguno de los dos sujetos sea un sujeto ajeno al otro. Esta implicación total supone un hecho que beneficiaría a la sociedad en su búsqueda del bien común, generando un debate, una pluralidad y unas propuestas que elevarían la democracia a la categoría que le corresponde, le darían el significado originario.

En esto reside el valor que encontramos en Jean Jaques Rousseau, la formulación de la democracia, el auge de la sociedad civil y el estudio de los deseos del hombre, que, pese a que no se puede estar de acuerdo con él en algunas prácticas, es innegable que el modelo que propone, adaptándolo de manera racional contribuiría a una búsqueda más valiosa de llegar al bien común. Un objetivo, que sin duda debería estar siempre en el punto de mira de cada dirigente, gobernante, político y ciudadano. Solo construyendo juntos en la sociedad, se puede realmente alcanzar una mejora de la misma, de lo contrario estaremos condenados para siempre al irrefrenable deseo de poder y dinero de unas elites políticas que, lejos de mirar el bien común, miran el individual únicamente.

  • Bibliografía

BOLIVAR ESPINOZA, G., & CUÉLLAR SAAVEDRA, O. (2008). La república legítima y el orden político en Rousseau: principios de composición e imagen del estado de equilibrio. Polis: Revista Latinoamericana, 20, 1-14.

ESTÉVEZ, J. V. (2012). Democracia y participación en Jean Jaques Rousseau. Revista de filosofía, 68, 29-52.

FETSCHER, I. (1979). Filosofía moral y política en J.J. Rousseau. Revista de estudios políticos(8), 7-32.

HUDE, H. (1982). Política y verdad en Rousseau. Anuario filosófico, 15(2), 215-220.

VALLESPÍN, F. (1991). Historia de la teoría política (Vol. 3). Madrid: Alianza Editorial.

Fuente de la imagen: https://goo.gl/IVtb21

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